programa 2
felix mendelssohn-bartholdy (1809-1847)
Concierto para violín en
mi menor, op. 64
Allegro molto appassionato
Andante
Allegro non troppo
A estas alturas de la historia de la música
ya resulta un lugar común el mencionar que Felix Mendelssohn
es la excepción más clara a la regla que dice que
la gran música debe ser necesariamente el producto de una
mente atribulada, de pasiones retorcidas, de grandes dudas existenciales
sin salida. Los detractores de esta regla gustan de mencionar
la pureza, la perfección, la elegancia y el equilibrio
de la música de Mendelssohn, cualidades evidentes en casi
todas sus obras. Además de lo ya mencionado, es posible
hallar en Mendelssohn algunos otros elementos: un singular poder
evocativo, como en su obertura La gruta de Fingal; interesantes
acotaciones contrapuntísticas en sus juveniles sinfonías
para cuerdas; buenas texturas polifónicas en su Octeto;
un buen manejo de las grandes formas en su oratorio Elías.
Sin embargo, parece que hasta la fecha nadie ha podido hallar
una gran fuerza, intensidad o pasión en la música
de Mendelssohn. Es quizá por ello que si bien la mayoría
de las obras de Mendelssohn son bellas, correctas y accesibles,
es probable que ninguna de ellas llegue a hacerle compañía
a las creaciones musicales realmente grandes. Desde un punto de
vista sicoanalítico, digamos que no existe catarsis en
la música de Mendelssohn.
Solemos hablar del Concierto para violín
de Mendelssohn como si fuera una obra única en su catálogo,
cuando de hecho el compositor alemán escribió otro
concierto para violín, mucho menos conocido que el famoso
Concierto op. 64, y del que existen incluso un par de grabaciones.
Además, existen al menos un par de antecedentes juveniles
al Concierto op. 64, una de las obras más populares de
Mendelssohn. La gestación de la pieza se inició
en 1838, año en que el compositor escribió a su
amigo, el violinista Ferdinand David, sobre su intención
de componer un concierto especialmente para él. La correspondencia
subsecuente entre Mendelssohn y David hizo prosperar los planes
del compositor y unos años más tarde el concierto
estaba terminado. Mendelssohn compuso el concierto en Solden,
cerca de Frankfurt, durante un período de reposo vacacional.
La partitura quedó concluida el 16 de septiembre de 1844
y la obra se estrenó en Leipzig el 13 de marzo de 1845.
Parece ser que Ferdinand David era un violinista
altamente competente, respetado y admirado por sus contemporáneos
de la misma manera que Joseph Joachim lo fue por los suyos. El
aprecio de Mendelssohn por David era tal que cuando llegó
a ser director de la famosa Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig
insistió en que su amigo violinista fuera el concertino.
En efecto, David tomó el car39 go de primer violín
en Leipzig en 1843 y lo ocupó hasta su muerte en 1873.
Durante ese período fue también profesor en el Conservatorio
de Leipzig y colaboró estrechamente en la composición
del Concierto op. 64 de Mendelssohn, de modo que muchos de los
aciertos instrumentales de la obra se deben a él. Hoy en
día este Concierto para violín de Mendelssohn está
situado indiscutiblemente a la cabeza del repertorio, junto con
los conciertos de Beethoven, Brahms y Chaikovski.
Aunque el Concierto op. 64 de Mendelssohn
es totalmente ajeno a cualquier intención programática
o narrativa, el ensayista Henry Brenner, quien tenía la
imaginación muy viva, ideó una breve historia sugerida
por el tercer movimiento de la obra. En su extrapolación
narrativa, Brenner nos cuenta la historia de un rey que regaló
a su reina, en el día de su cumpleaños, un diamante
pulido con tal preciosismo que parecía una enorme perla,
perfecta y deslumbrante. Al preguntar la reina quién era
el artesano autor de tal joya, el rey contestó que no era
la obra de un solo hombre sino de muchos personajes. Así,
el rey dijo que primero estaba el Creador, que había dado
existencia al diamante; después, el minero que lo había
extraído de las entrañas de la tierra; luego, el
joyero que lo había tallado con esmero; y finalmente, el
generoso sol que lanzaba sus rayos sobre el diamante para hacerlo
lucir más.
Es claro que esta historia nada tiene
que ver con el Concierto para violín op. 64, y nunca sabremos
si a Mendelssohn le hubiera gustado esta historia como anexo narrativo
al tercer movimiento de su obra. Lo que sí sabemos es que
a pesar del aprecio que se le tuvo en vida, Mendelssohn sufrió,
casi cien años después de su muerte, la persecución
de las hordas nazis de Adolfo Hitler. Se prohibió estrictamente
tocar en Alemania la música del judío Mendelssohn,
y los nazis llegaron al extremo de derribar una estatua suya que
se hallaba frente a la sala de conciertos de la Gewandhaus en
Leipzig, para luego fundirla. Al paso del tiempo, con la figura
de Richard Wagner (1813-1883) como profeta, los proponentes del
fascismo habrían de descubrir que la buena música
es bastante más sólida y duradera que el bronce.
Una de las mejores pruebas de ello es el Concierto para violín
de Mendelssohn, que fue estrenado por Ferdinand David con un sensacional
éxito de público.