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programa 6

Franz Peter Schubert (1797-1828)
Tercera sinfonía en re mayor, D. 200

Adagio maestoso - Allegro con brio
Allegretto
Menuetto. Vivace
Presto vivace

Por lo general, cuando se habla de Schubert el sinfonista, la discusión se limita a fantasiosas extrapolaciones sobre lo inconcluso de su sinfonía Inconclusa, o sobre las dimensiones monumentales de su Novena sinfonía. Esta costumbre ya muy arraigada de limitar el análisis de las sinfonías de Schubert a las dos últimas de la serie ha impedido, en buena medida, que se conozcan más sus otras obras en este género, entre las cuales hay algunas creaciones muy valiosas. Y si bien es cierto que una parte significativa de la riqueza sinfónica de Schubert radica en su inagotable capacidad de invención melódica y en sus planteamientos formales en el marco de la forma sinfónica, también es un hecho que se ha prestado poca atención a las habilidades de Schubert en el manejo de la orquesta. Al respecto de este tema, el musicólogo Harold Truscott escribió las siguientes reflexiones como preámbulo a una discusión profunda de Schubert el sinfonista:

“Las composiciones orquestales tempranas de Schubert muestran, tan claramente como sus trabajos de madurez, que no hay tal cosa como una orquestación típicamente schubertiana. Su estilo orquestal cambia, aun en piezas escritas a los catorce o quince años, entre una obra y otra. En cada una, ese estilo orquestal es unificado, completo y único. El núcleo de su estilo orquestal son los metales, primero los cornos y las trompetas y más tarde los trombones, instrumentos que utiliza con una libertad y variedad sin precedentes. En cada obra el estilo es comunicado a los metales y de ahí al resto de la orquesta. En esto Schubert parece haber sido guiado por un sentido estilístico innato, con las ejecuciones de las obras confirmando simplemente lo que su imaginación ya le había enseñado. Sobre todo, su orquestación es siempre concebida como parte de la creación total, no como una vestimenta añadida después de que el cuerpo está completo. A la vez, su orquestación es sólo el signo exterior y visible de la unidad inherente en la materia o el contenido de su música. Sin ello, la orquestación de Schubert no sería más que una afectación; con ello, es algo espontáneo y natural.”

He aquí, pues, una clave poco conocida y poco discutida del perfil musical de Schubert, que sin duda permite una aproximación más completa al universo de sus sinfonías.

Una revisión de la biografía de Schubert parece indicar que el año de 1815 marcó un 75 parteaguas en su vida creativa. Para ese entonces, el compositor ya había creado algunos de sus inmortales lieder, pero fue en ese año de 1815 cuando, inspirado por la lectura de la balada Der Erlkönig de Goethe, se abrieron las compuertas de su creatividad y comenzó a producir canciones en grandes cantidades. A lo largo de 1815, Schubert compuso cerca de 150 canciones, abordando principalmente los textos de Goethe y Schiller, aunque también puso en música numerosos poemas de autores como Matthison, Hölty, Kosegarten, Stadler, Kenner, Klopstock, Körner y otros. Sorprendentemente, la particular atención que Schubert dedicó a los lieder en 1815 no fue un obstáculo para que compusiera otras obras en otros géneros. Así, de 1815 datan dos de sus misas, un Stabat Mater, un Salve Regina, un ofertorio y otras piezas de música sacra. Por si ello fuera poco, en 1815 escribió también tres operetas, fragmentos de otras dos, un fragmento de una ópera, y el noveno de sus cuartetos de cuerdas. Para redondear un año asombrosamente productivo, Schubert compuso en 1815 las sinfonías segunda y tercera de su catálogo, esta última en la misma tonalidad que la primera, re mayor.

Cuando Schubert abordó la creación de su Tercera sinfonía, ya estaba trabajando como maestro de escuela, y compuso la obra en un corto período de tiempo, entre el 24 de mayo y el 19 de julio. De acuerdo a la tradición heredada de Haydn, Schubert abre su Tercera sinfonía con una introducción lenta, aunque no solemne, seguida por un clásico allegro de sonata. Después, el compositor nos ofrece un movimiento lento en la forma de una canción, seguido de un minueto que, por su energía, está más cerca de un scherzo de Beethoven que de un minueto de Haydn. En el trío de este minueto hallamos, a la manera típicamente austríaca, reminiscencias del rústico ländler. Esta sinfonía, compuesta por un joven de 18 años de edad, finaliza con un movimiento vivo, con un impulso rítmico en 6/8, categórico y contagioso.


 
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