programa 6
Felix Mendelss ohn-Bartholdy (1809-1847)
Cuarta sinfonía en la mayor,
Italiana, op. 90
Allegro vivace
Andante con moto
Con moto moderato
Saltarello. Presto
A la hora de llevar las cuentas sinfónicas
es usual decir que Mendelssohn compuso cinco sinfonías.
Ello es cierto si por sinfonía se entiende solamente una
gran forma sonata concebida para orquesta sinfónica. Sin
embargo, es pertinente recordar que además de sus cinco
sinfonías para orquesta completa Mendelssohn compuso doce
sinfonías para orquesta de cuerdas, mismas que no figuran
en la numeración convencional de sus trabajos sinfónicos.
Dicho lo cual, se hace necesario mencionar que cuatro de las cinco
sinfonías de Mendelssohn llevan títulos que hablan
claramente de su origen y/o su intención. Así, la
segunda se llama Canto de alabanza, la tercera es la Escocesa,
la cuarta es la Italiana y la quinta lleva por título Reforma.
Entre 1829 y 1832 Mendelssohn realizó
un largo viaje por diversos países de Europa, viaje planeado
por su padre con el objeto de ponerlo en contacto con la gente
y la cultura de distintos lugares. El compositor tenía
21 años de edad cuando partió hacia la tierra que
habría de inspirarle su Cuarta sinfonía. En su camino
hacia el sur, cruzando Alemania, se codeó con los ricos
y los famosos. En Weimar tuvo el privilegio de pasar dos semanas
de agradable convivencia con el gran personaje de la literatura
alemana, Johann Wolfgang von Goethe. El poeta tenía ya
más de ochenta años y se dedicaba a dar los últimos
toques a la segunda parte de su colosal Fausto. Era admirado como
una de las más grandes figuras de su país, quizá
más temido que amado. Sin embargo, abrió las puertas
de su casa y de su alma al joven músico de veintiún
años al que había admirado cuando Mendelssohn era
un niño prodigio. Así, Goethe y Mendelssohn pasaron
largas y felices horas juntos. Mientras el músico tocaba
y explicaba sus piezas, el viejo poeta quizá recordaba
la Italia que él mismo había conocido en su famoso
viaje de tantos años antes.
De Weimar a Munich, de Munich a Viena y de
ahí, cruzando las montañas, hacia Venecia. En una
carta fechada el 10 de octubre de 1830, Mendelssohn escribió:
Esto es Italia. Lo que he estado esperando en mi vida como
la mayor felicidad, ha empezado, y me regocijo en ello.
Más tarde, el compositor alemán
habría de recordar:
Todo el país tenía tal aire festivo que me
sentí como un joven príncipe haciendo una entrada
triunfal.
Sin duda, ese aire festivo quedó fielmente
reflejado en la Cuarta sinfonía de Mendelssohn, obra extrovertida,
llena de luz, alegres ritmos e inspirados toques orquestales.
Al iniciar la composición de la obra Mendelssohn escribió
a casa:
Será lo más alegre que haya escrito, en especial
el último movimiento.
A pesar de esta afirmación, un año
más tarde la sinfonía le costaba al compositor los
momentos más amargos de su vida, según sus propias
palabras. Ello se debía, paradójicamente, a su inconformidad
con el último movimiento, en el que incorporó sabiamente
el ágil ritmo del saltarello italiano. La insatisfacción
de Mendelssohn con esta obra lo llevó a impedir que la
partitura fuera publicada en vida suya; hasta la fecha, dada la
enorme popularidad de esta obra, nadie ha podido detectar con
claridad la causa de las dudas de Mendelssohn respecto a su sinfonía
Italiana.
Las imágenes que inspiraron a Mendelssohn
el cuarto movimiento de esta obra han quedado registradas en otra
carta suya:
Llegué al Corso, y cuando menos me lo esperaba, recibí
una lluvia de caramelos. Miré hacia arriba y vi a unas
damas que había visto en algún baile, y a quienes
apenas conocía. Cuando me quité el sombrero para
saludarlas, la lluvia de caramelos se tornó violenta. Cuando
pasó su carruaje, en el siguiente vi a Miss T., una inglesa
delicada y hermosa. Traté de saludarla pero también
me arrojó caramelos. Me desesperé y entonces tomé
un puñado de caramelos y me atreví a devolvérselos
con valor. Había ahí muchos conocidos y pronto mi
saco azul estaba blanco como el de un molinero. La familia B.
se hallaba en un balcón arrojándome dulces a la
cabeza como si fueran granizo. Así, entre el arrojar y
recibir caramelos y entre miles de bromas y los más extravagantes
disfraces, el día terminó con las carreras de caballos.
La primera versión de la sinfonía
Italiana, iniciada durante el carnavalesco viaje a Italia, fue
terminada en Berlín en 1833 y estrenada el 13 de mayo de
ese año bajo la batuta de Mendelssohn, con la Sociedad
Filarmónica de Londres. Más tarde, el compositor
revisó la partitura y al parecer nunca quedó satisfecho
del todo con el resultado final, lo cual demuestra que puede haber
cierta angustia aun en el alma de un hombre cuya vida ha transcurrido
como bajo una lluvia de caramelos.