programa 7
Felix Mendelss ohn-Bartholdy (1809-1847)
Tercera sinfonía en la menor, Escocesa,
op. 56
Andante con moto - Allegro
un poco agitato
Vivace non troppo
Adagio
Allegro vivacissimo - Allegro maestoso
assai
Si hemos de creer en eso que dicen respecto a que los viajes
ilustran, sin duda entre los beneficiarios más notables
de ello a lo largo de la historia están los compositores.
Los catálogos musicales de compositores de todas las épocas
y todas las latitudes están llenos de obras inspiradas
por el conocimiento de tierras lejanas, exóticas y ajenas.
En este sentido se impone repetir la referencia a la gran cantidad
de música española compuesta por músicos
franceses que viajaron (real o figuradamente) al vecino país.
Olvidemos, sin embargo, este lugar común, y busquemos otras
músicas que demuestran que, en efecto, los viajes ilustran.
¿Será suficiente una docena de ejemplos? Veamos...
Antonin Dvorák, bohemio: Cuarteto
americano.
Mikhail Glinka, ruso: Jota aragonesa.
Johann Sebastian Bach, alemán:
Concierto italiano.
Vaclav Pichl, bohemio: Sinfonía Marte.
Piotr Chaikovski, ruso: Sinfonía polaca.
Franz Joseph Haydn, austríaco:
Sinfonía Oxford.
Héctor Berlioz, francés: El carnaval
romano.
Ludwig van Beethoven, alemán:
Las ruinas de Atenas.
Aaron Copland, estadunidense:
El Salón México.
Nikolai Rimski-Korsakov, ruso:
Capricho español.
Gustav Holst, inglés: Suite japonesa.
François Adrien Boïeldieu, francés:
El califa de Bagdad.
Esta lista podría alargarse interminablemente, pero doce
referencias son más que útiles para nuestros fines.
Sólo falta aclarar que, en algunos de estos casos, los
compositores viajaron al lugar en que se inspira la música,
mientras que en otros la inspiración fue indirecta. Cabe
suponer que el caballero Pichl no tuvo oportunidad de viajar a
Marte para obtener la inspiración necesaria.
En el caso particular de la sinfonía que hoy nos ocupa
podemos decir que Mendelssohn era bastante aficionado a los viajes;
una breve mirada a su biografía nos habla de algunos de
los lugares que conoció fuera de Alemania. Entre ellos,
París, Londres, Escocia, Italia, Suiza. El impacto de estos
viajes en su sensibilidad puede detectarse directamente en algunas
de sus obras, entre las cuales pueden ser citadas la obertura
Las Hébridas, también conocida como La gruta de
Fingal, su Tercera sinfonía, 87 Escocesa, y su Cuarta sinfonía,
Italiana. Resulta que además de buen viajero, Mendelssohn
era un buen corresponsal, y gracias a algunas de sus cartas nos
hemos podido enterar del efecto que le produjo su viaje por Escocia.
Desde Edimburgo, Mendelssohn escribía:
Todo aquí se ve muy austero y robusto, envuelto
a medias en una capa de bruma o niebla. Muchos escoceses salieron
de la iglesia con sus trajes tradicionales, guiando a sus novias
vestidas de domingo, mirando al mundo con miradas magníficas
e importantes. Con largas barbas rojas, sus faldas de tartán,
sus boinas y plumas, con las rodillas al aire y sus gaitas en
la mano, pasaron en silencio por el gris castillo en ruinas donde
la reina María Estuardo vivió en el esplendor. ¿Qué
más puedo decir? Tiempo y espacio se acaban, y todo debe
terminar con este estribillo: ¡Qué amable es la gente
de Edimburgo, y cuán generoso es el buen Dios!
Más generoso aún fue el mismo Mendelssohn, quien
en su correspondencia no sólo nos dejó buenas descripciones
de Escocia y otros lugares, sino que nos hizo el favor de darnos
datos específicos sobre la creación de su Sinfonía
Escocesa. El 30 de julio de 1829 el compositor escribió
esto:
Fuimos, al atardecer, al palacio de Holyrood donde vivió
y amó la reina María. Hay un pequeño cuarto
al que se llega por una escalera de caracol. Por ahí es
por donde subieron y hallaron a Rizzio en el cuartito, lo sacaron
arrastrando y, tres habitaciones más allá, en un
oscuro rincón, lo mataron. La capilla adjunta ya no tiene
techo y la hierba y la hiedra crecen en ella. Ante su estropeado
altar, María fue coronada reina de Escocia. Todo está
arruinado y lleno de moho, y se filtra la luz del sol. Creo que
hoy hallé aquí el inicio de mi Sinfonía Escocesa.
A pesar de haber hallado en Holyrood la inspiración musical,
Mendelssohn tardó un buen tiempo en terminar la sinfonía.
El mismo día que escribió la carta citada, anotó
los primeros compases del primer movimiento. Al año siguiente
el compositor trabajó en la Escocesa durante el viaje a
Italia que le inspiró la Italiana. Sin embargo, habrían
de pasar doce años antes de que la partitura estuviera
terminada. El día 20 de enero de 1842 Mendelssohn puso
el toque final a su Sinfonía Escocesa en Berlín,
y seis semanas más tarde él mismo dirigió
el estreno de la obra con la famosa Orquesta de la Gewandhaus
de Leipzig. En cuanto al posible contenido de material musical
escocés de esta sinfonía, hay que decir que es dudoso.
Se sabe que Mendelssohn no tenía inclinaciones hacia la
expresión nacional en la música, y aunque el segundo
movimiento de esta sinfonía parece tener un tema derivado
de una antigua pieza para gaita, la verdad es que esta obra es
tan alemana como la Sinfonía Italiana, compuesta por Mendelssohn
en 1833. De hecho, al compositor Robert Schumann le parecía
que la Escocesa sonaba italiana, lo cual prueba que Mendelssohn
no era un simple imitador de tonadas populares, sino un compositor
con los ojos y los oídos bien abiertos a sus experiencias
de viaje.