Génesis de la
Sala Nezahualcóyotl
-del baúl de mis recuerdos-.
En los 30 años
de su existencia, a quienes la hicieron posible.
Javier Jiménez Espriú

Dentro de las múltiples experiencias
y oportunidades que me ha dado la Universidad, y particularmente
las que tuve mientras fui Secretario General Administrativo, el
Centro Cultural Universitario y la Sala Nezahualcóyotl
tienen un lugar especial.
En mis años jóvenes, Manuel
Aguilar, un amigo que conocí en los 50s, y que era un melómano
apasionado -"descubridor" de Plácido Domingo-,
me presentó a varios amigos con el mismo padecimiento musical,
a algunos de los cuales, como al propio Plácido y a Eduardo
Mata, se les desarrolló como todo mundo sabe, hasta los
más altos niveles de gravedad
y de excelencia.
Pues bien, Eduardo Mata nos empezó
a entusiasmar para organizar un grupo que promoviera la construcción
de una Sala de Opera, ya que Bellas Artes, decía, era una
sala ya vieja, con problemas diversos, con una acústica
no necesariamente extraordinaria y dedicada a todo tipo de actividades
culturales. El entusiasmo se terminó pronto, cuando después
de los primeros números y un somero análisis de
nuestras posibilidades de convocar a personas pudientes, nos percatamos
de que, cuando menos por el momento, esa empresa escapaba a nuestras
capacidades. Le dimos vuelta a la hoja, pero la dejamos escrita
en el libro de nuestras buenas intenciones, como una idea romántica
de juventud.
Años después, cuando fui invitado
por el Rector Guillermo Soberón a colaborar con él
en la Universidad, coincidí ahí con Eduardo, quién
desde el rectorado de Don Javier Barros Sierra y con el éxito
que siempre lo caracterizó, dirigía la Orquesta
Filarmónica de la Universidad.
Superados los conflictos laborales de 1973,
con los que iniciamos nuestra actividad universitaria, invité
a Eduardo a tomar un café a mi oficina y, palabras más,
palabras menos le dije: "Eduardo: ahora sí, tenemos
la mejor oportunidad para realizar aquel sueño juvenil,
en beneficio de la cultura de México; ve pensando en el
asunto, y te invito a reunirnos con Diego Valadés -Director
General de Difusión Cultural- para discutir el proyecto
de construir una sala de música, sólo para música".
Se mostró encantado, me comentó que él le
había propuesto al Rector Javier Barros Sierra algo semejante,
pero que a pesar de su positiva reacción, las circunstancias
universitarias lo habían impedido.
Un
par de semanas después, los convoqué en un restaurante
que se llamaba "La Cochera del Bentley", sito en Insurgentes
y Barranca del Muerto a discutir el asunto. A Diego Valadés,
el proyecto no sólo le pareció espléndido,
nos comentó incluso que, con la misma idea, él había
hecho gestiones, infructuosas hasta el momento, para lograr la
utilización del viejo edificio de la Estación de
las Bombas de Tacubaya para convertirla en sede de la Orquesta.
Cuando le dije que pensaba que la Sala podría estar en
el campus universitario, en la zona en la que finalmente se construyó,
sugirió que pensáramos no sólo en la Sala,
sino en un Centro Cultural con teatros, cines, museos y en un
jardín escultórico en donde pudieran exponer los
artistas universitarios, tanto temporal como permanentemente,
sus obras, lo que me pareció formidable.
Así se inició la idea de lo
que hoy es una realidad, a la que se le agregó la Biblioteca
y Hemeroteca Nacional, ya que el sitio en donde se albergaba,
el antiguo templo de San Agustín, a más de ser pequeño
y antiguo estaba en condiciones deplorables que obligaban a una
restauración de fondo. Inmediatamente después de
la aquiescencia del Rector Guillermo Soberón, quien apoyó
entusiastamente la propuesta, decidimos desarrollar el proyecto
del Centro Cultural y empezar por la construcción de la
Sala de Música.
Se analizó la posibilidad de una carpa
como la que Herbert Bayer instaló en Aspen -suponiendo
un costo accesible-, pero se desechó el proyecto por múltiples
razones y nos inclinamos por una Sala permanente y de construcción
sólida.
Le pregunté a Mata, que a quién
debíamos dirigirnos de inicio, pues mi idea era la de "hacer
un proyecto acústico y luego forrarlo". Él
sugirió a Christopher Jaffe, experto norteamericano radicado
en Nueva York, como la persona idónea. Lo buscamos y lo
invitamos a venir a México.
Se integró al grupo de trabajo a ingenieros
y arquitectos de la Dirección General de Obras de la UNAM
para discutir con Jaffe la organización necesaria, un equipo
que resultó realmente excepcional.
A Jaffe, le encantó lo de "forrar
un proyecto acústico" y le preguntó a Mata
el tipo de Sala en que pensaba. La respuesta fue: "una sala
viva, con la distribución semejante a la de la Filarmónica
de Berlín". Fue así que Mata dibujó
desde el primer momento, a grandes pinceladas que después
fueron afinándose, el perfil de nuestra Sala.
Cuando hablamos del tamaño y Diego
Valadés expresó que se trataba de hacer música
para una enorme comunidad de cerca de trescientas mil personas,
Jaffe nos planteó la incompatibilidad de un proyecto acústico
de excelencia y una sala enorme y habló de un número
en el entorno de los 2000 a los 2300 lugares como el adecuado
para el primer caso. Nos decidimos de inmediato por el proyecto
acústico.
En un principio Jaffe vió con escepticismo
el que la Sala fuera a ser diseñada por los arquitectos
Orso Núñez y Arcadio Artis Espriú; la edad
de estos jóvenes profesionales que trabajaban en la Dirección
General de Obras de la UNAM, y por ende su corta experiencia,
no ofrecían ninguna seguridad, como era el caso también
del ingeniero Roberto Ruiz Vilá que sería el residente
responsable de la obra; pero la que tenía el Ing. Francisco
de Pablo, Director General de la dependencia y líder del
proyecto de construcción y nuestra confianza sobre su capacidad
profesional, llevó a Jaffe a aceptar el reto, que pronto
se convirtió en una coordinación espléndida,
prácticamente a partir de los primeros trazos del proyecto.
Al final, Jaffe me expresaría que nunca
había trabajado con un equipo con el que fuera tan fácil
convertir una idea acústica, abstracta por naturaleza,
en una realidad física tan cercana a la perfección
en su búsqueda original, asunto enormemente difícil,
y tan hermosa como la Sala Nezahualcóyotl. Cada nueva necesidad
acústica expresada, provocaba una propuesta arquitectónicamente
bella y una solución de ingeniería limpia, sólida
y consistente.
Jaffe nos advirtió que además
de tratar todos los aspectos del desarrollo del proyecto y la
construcción de la manera más estricta y con la
tecnología más avanzada -su descripción pormenorizada
de todo lo que se hizo, que aparece en alguna publicación
universitaria es una verdadera delicia-, debíamos después
cruzar fervorosamente los dedos, porque la acústica "no
tiene palabra de honor". Así se hizo, todos trabajaron
de la forma más profesional y yo mantuve fervorosamente
cruzados los dedos durante todo el proceso constructivo. Como
se puede apreciar, todos hicimos muy bien nuestra parte.
El día de la inauguración de
la Sala, el 30 de diciembre de 1976, el Arq. Pedro Ramírez
Vázquez, que como miembro del gabinete del Presidente López
Portillo asistió al concierto inaugural con la Filarmónica
de la UNAM -que ya no dirigía Mata, por su nombramiento
como Director Musical de la Orquesta de Dallas-, me pidió
que le presentara a los autores del proyecto, porque, me dijo:
"arquitectos capaces de concebir una obra así, surgen
uno o dos en cada generación". Los dos de "esa
generación" estaban con nosotros, ambos son egresados
de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, los dos trabajaban
en esta Casa, con los sueldos modestos que ahí se acostumbran,
pero con la oportunidad que la Universidad da a sus jóvenes
egresados, en los que confía -que no se tiene en cualquier
parte-, de participar en un proyecto de esa magnitud y trascendencia
con una alta responsabilidad.
Pero antes, una vez definido el proyecto,
había que obtener la autorización del gobierno,
a través de la Dirección General de Inversiones
de la Secretaría de la Presidencia, para llevar a cabo
la obra. Era otra de mis responsabilidades. La reunión
que tuve con el Ing. Fernando Hiriart, titular de la dependencia,
fue para mí, memorable.
Explicado el programa de inversiones de la
Universidad, para el año siguiente, que comprendía
montos importantes para las Escuelas de Estudios Profesionales
que estaban en desarrollo y las últimas etapas de los planteles
del Colegio de Ciencias y Humanidades, las naturales ampliaciones
que el crecimiento de la UNAM exige cada año, la iniciación
del proyecto en aquel momento bautizado como "la ciudad de
la investigación", etc., le platiqué que pretendíamos
edificar un Centro Cultural Universitario, para lo que habíamos
programado la construcción de una sala de música
como primera etapa, que teníamos ahorros presupuestales
por 34 millones de pesos los que, si obteníamos la autorización
oficial de inversión, aplicaríamos a ese propósito
-el presupuesto del Centro Cultural ascendía a 155-. Naturalmente
estaban de acuerdo el Rector Guillermo Soberón y los miembros
del Patronato Universitario.
El ingeniero Hiriart me dijo que lamentaba
no poder aprobar esto último, ya que había instrucciones
especificas para no autorizar nada que fuese superfluo o suntuario.
No hice comentario alguno, empecé a acomodar mis papeles
en la carpeta en que los llevaba y "teatralmente", llevando
al extremo mis capacidades histriónicas, me levanté
despidiéndome respetuosamente.
Don Fernando, extrañado y con la bonhomía
que lo caracterizaba, me preguntó que qué pasaba,
que aun no habíamos definido nada en relación con
el programa general y yo ya me había levantado. Le dije,
con cara apesadumbrada, que con todo el respeto que me merecía
-el Ingeniero Hiriart mereció siempre el más amplio
respeto de todo el mundo- no tenía nada que hablar con
quien consideraba que un Centro Cultural en la Universidad Nacional,
era asunto superfluo o suntuario.
Hizo un breve silencio, se me quedó
viendo profunda pero amablemente y me dijo con energía:
"!Siéntese!, -y agregó, dejando caer las palabras
lenta, "distraídamente" y en tono bajo, mientras
volteaba a ver los documentos que antes le había entregado-,
si tiene los ahorros, le vamos autorizar la primera etapa".
Debo señalar que el ingeniero Hiriart
había sido Director del Instituto de Ingeniería
de la UNAM, fue Miembro de la Junta de Gobierno de la Institución,
hombre respetadísimo por el gremio, conocedor de música
y persona culta, universitario en fin, muy distinguido, a quien
yo conocía de tiempo y de quien sabía que actuaría
con buen criterio en un asunto que sólo en apariencia se
salía de las normas de austeridad del momento, pero que
era, como ha quedado demostrado, importantísimo no sólo
para el cabal cumplimiento de las funciones sustantivas de la
Universidad, sino para el desarrollo cultural del país.
Por eso me atreví a hacerle "el numerito", que
años después me recordaba recriminándomelo
con afecto.
Sin embargo nuestras vicisitudes no acabaron
ahí, la firma del Titular de la Secretaría se demoraba
y las preocupaciones volvieron a surgir. El Secretario, a quien
no entusiasmaba la idea, le daba largas al asunto, y los tiempos
se estrechaban. Venturosamente -soy un convencido de que la suerte
juega un papel decisivo-, los avatares de la política lo
llevaron de pronto a "servir a su partido político"
y fue sustituido por el Lic. Ignacio Ovalle y designado Sub Secretario
Juan José Bremer, buenos universitarios, personas para
quienes la cultura y las funciones de la Universidad no eran extrañas
y a las que les encantó el proyecto. Las cosas se destrabaron
en una cena memorable que organizó en su casa Diego Valadés,
gran amigo de ambos y en la que, en presencia del Rector, les
mostramos la maqueta de la Sala. Pudimos así, iniciar la
realización de ese maravilloso sueño universitario
que es el Centro Cultural.
La Sala se construyó el año
siguiente, apegándonos estrictamente a los tiempos -en
once meses- y al presupuesto -34 millones de pesos-, lo que no
sucede con frecuencia y que fue, como deben ser todas las actividades
universitarias, otro acto educativo. Es, ciertamente, una de las
instalaciones extraordinarias de la Universidad, por su contenido
y por su continente, por su propósito y por sus logros,
como obra excepcional de arquitectura y de ingeniería,
y para mí, uno de mis mayores orgullos personales, como
lo es también, seguramente, para todos los que participaron
en el proyecto.
Se quedó pendiente, sin embargo, por
falta de recursos, otro de los sueños de Mata, que era
el instalar en la Sala un órgano monumental, cuyo sitio,
en espera de tiempos mejores, los arquitectos reservaron con ese
sobrio y bello mural de madera, atrás del Coro, que lo
simula.
A la inauguración invitamos a reporteros
musicales de los más importantes periódicos del
mundo, algunos de los cuales nos acompañaron, pero sin
aceptar que cubriéramos ningún gasto, "para
poder opinar con objetividad y libertad". Sin excepción,
escribieron artículos muy elogiosos sobre la belleza de
la Sala y su acústica extraordinaria.
Pocos meses después, tiempo durante
el cual se continuó "afinando ese instrumento musical
que es la Sala" -con pequeños ajustes- nos visitó
la Orquesta de Cleveland, bajo la batuta del eminente Maestro
Lorin Maazel.
Después de oír una fantástica
Novena de Beethoven -bueno, "la Novena" es de Beethoven-,
con Leona Mitchel, Oralia Domínguez, Kenneth Riegel y Roberto
Bañuelas como solistas, cuyo sólo recuerdo aun me
estremece, fui a cenar con el Maestro Maazel, y al requerirle
su opinión sobre la acústica, me dijo textualmente:
"No puedo decirle que es la mejor Sala en que he dirigido,
pero si le puedo señalar que nunca he dirigido en una Sala
mejor". Me vuelvo a estremecer al recordarlo.
Fue una definición calificada -calificadísima,
diría yo- que me llenó de júbilo. En los
30 años siguientes a aquella fecha, nunca he oído
una opinión al respecto que no sea elogiosa.
Dentro de las múltiples cosas que me
ha tocado en suerte hacer en la vida o de los asuntos en los que
he participado con la responsabilidad principal, la Sala Nezahualcóyotl
es la que ha merecido el cúmulo mayor de críticas
favorables y ciertamente, a diferencia del resto de mis actuaciones,
ninguna en contra.
Aunque la paternidad en este caso no es exclusiva,
porque fue todo el equipo extraordinario que he mencionado en
este breve recorrido el que la hizo posible, puedo expresar con
enorme satisfacción personal, que la Sala Nezahualcóyotl
"es uno de mis hijos predilectos".
La Sala cumple este año 30 de existencia,
en los cuales ha sido centro fundamental de difusión de
la cultura musical de México y del mundo; forma parte reconocida
de las grandes Salas de Concierto que existen y ha albergado a
grandes conjuntos y a solistas extraordinarios. En ella se han
escuchado las grandes obras del repertorio mundial de toda clase
de música y ha sido el sitio del estreno de diversas e
importantes composiciones. Este ha sido su joven pasado y será
seguramente su futuro longevo. Ese ha sido y será ciertamente
su destino luminoso.
Noviembre de 2005