Fotografía de la Sinfónica de Minería
Bienvenidos a la Sinfónica de Minería
 
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Dos hechos relacionados con el Segundo concierto de Rachmaninov son dignos de recuerdo, aunque permanezcan en los linderos de la verdad y la leyenda.

A raíz de un fracaso sinfónico, el compositor se convenció de que no volvería a escribir. Se dice que fue por el método de la sugestión como el doctor Dahl, su siquiatra, hizo factible que regresara al papel pautado y a la creación de su más difundida partitura.

Otra historia nos cuenta que, cuando el tercer movimiento del concierto estaba a medio hacer, Rachmaninov escuchó un tema recién pergeñado por Nikita Morozov y le dijo "ésta es una melodía que me hubiera gustado componer". El amigo contestó: "¿Y por qué no la tomas para ti?". El tema se convirtió en uno de los de mayor fama en toda la literatura pianística.

Adornos anecdóticos que nada quitan ni ponen a la obra que el biógrafo de Rachmaninov, Víctor Serov, saludó hace medio siglo diciendo: "La popularidad de que disfruta desde hace más de 50 años parece demostrar que por mucho que reneguemos del romanticismo y de cuanto está pasado de moda, la verdad es que seguiremos dejándonos seducir por él".


La pianista rusa Valentina Lisitsa y la Orquesta Sinfónica de Minería, dirigida por Carlos Spierer, corrieron la aventura de tocar éste, que es posiblemente el concierto más frecuentado y a veces más destrozado por los pianistas. Decir que salieron airosos no sería exacto, porque lo que provocaron no fue aire, sino ventarrón. Ni el pensamiento ni la pluma me tiemblan al decir que esta enésima experiencia con la obra es una de las mejores de mi vida. Más de 6 mil asistentes a las tres sesiones con el mismo programa, avalarán mi dicho.

Al emplear la palabra programa, aclaro que en esta ocasión no se trató de una mezcla musical presidida por la ortodoxia. La Suite escrita de Prokofiev y la Mozartiana de Tchaikovsky podrán ser connacionales, pero no son congéneres. Tuve la impresión de asistir a una especie de muestrario donde la audición de cada obra exigía, por así decirlo, irse a sentar a otra butaca.

Dos influencias pesaron en la creación de la que se considera su primera gran obra: el amo y señor del ballet que fue Diaghilev -a quien después no le gustó-, e Igor Stravinsky, cuya Consagración escuchó Prokofiev "sin comprenderla", según declaró, agregando: "Sentí la necesidad de hacer algo grande, algo semejante, aunque a mi manera".

Escrita el año anterior de la Quinta sinfonía , la Cuarta suite de Tchaikovsky es poco frecuentada, lo cual se entiende por lo mucho que demanda una versión sobresaliente. Tanto de ésta, como de la otra Suite, Spierer ofreció impecable lectura, pero a mi modo de ver un tanto falta de imaginación. Creo que no fueron bastante subrayados los incipientes atrevimientos armónicos de Prokofiev, ni los arrebatos emotivos de Tckaikovsky.

No obstante, salí con el corazón henchido por un Rachmaninov de alto nivel, por el lleno de la Sala Nezahualcótl y por la merecida evocación que se hizo del infatigable Jorge Velazco en el tercer aniversario de su muerte.

Desde el podium, desde la oficina, Jorge dio impulso a la institución, 24 horas al día. Fueron muy pocos los asientos vacíos. Un público distinto del habitual reveló el espléndido quehacer que está llevando a cabo la Academia de Música del Palacio de Minería. Un ejemplo con ingredientes rotundos: la formación de la orquesta y la estructura de la temporada, la promoción general y la conquista de auditorios cautivos mediante enlaces con diversos organismos, lo cual implica intenso taloneo, pero ante todo amor a lo que se está haciendo, a distancia respetable de la burocracia
cultural.

Fernando Díez
El Universal
Martes 08 de agosto de 2006
cultura

 
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