Fotografía de la Sinfónica de Minería
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Allegro molto

En su alocución previa a la interpretación del Concierto para viola (1985) de Alfred Schnittke (1934-1998), sábado y domingo pasados en la Sala Nezahualcóyotl, Carlos Miguel Prieto se refirió al compositor ruso-alemán como uno de los genios del siglo XX, al lado de Mahler, Debussy, Stravinsky y Shostakovich, entre otros.
Este Concierto para viola, incluido por la Sinfónica de Minería en el octavo programa de la temporada, es una demostración del acertado juicio: una obra intensa, de final escalofriante que, como el de la Sinfonía Patética de Chaikovski, concluye en el silencio de la muerte.

De él dijo el compositor: "En cierta forma, tiene el carácter de una despedida, cuando menos temporal, puesto que diez días después de haberlo terminado, quedé en una situación de la cual difícilmente tenía salida alguna. Lo único que pude hacer fue entrar lentamente en una segunda fase de la vida; una fase por la que todavía estoy atravesando. Como una premonición, la música tiene el carácter de una incesante persecución a través de la existencia (segundo movimiento) y el de una lenta y triste panorámica de la vida en el umbral de la muerte, en el último movimiento".

La situación aludida por Schnitkke fue el primero de cinco infartos, el último de los cuales le quitó la vida el 3 de agosto de 1998, en Hamburgo. En el Concierto para viola, bucea en las profundidades del dolor humano; un dolor que habría de reducirlo a una situación tan penosa que en los últimos tiempos le impidió hablar y caminar aunque no componer.

Los compases conclusivos de esta obra comparten el carácter del final de La canción de la Tierra de Mahler, la Cuarta sinfonía de Shostakovich y la Patética de Chaikovski, ya mencionada. Lo ideal sería que el público se abstuviera de aplaudir al final de la interpretación y se retirara de la sala de conciertos en actitud meditativa.

Por lo menos, sería de esperar que los esnobs no se apresuraran a proferir desgañitados bravos cuando la música todavía vibra en el aire, como sucedió lamentablemente en el concierto del sábado. El domingo, cuando menos no hubo un solo aplauso antes de la extinción de la última nota de la viola Amati del siglo XVI del solista chileno-estadounidense Roberto Díaz.

Al final del programa que había incluido el Concierto en re para cuerdas de Stravinsky y la Séptima sinfonía de Beethoven, Carlos Miguel Prieto ofreció dos encores: Danzas eslavas números 7 y 8 de Antonín Dvorák, en agradecimiento al "fabuloso público de Minería".

Fabuloso público sí, por lo entusiasta y lo asiduo; pero susceptible de beneficiarse con un paulatino proceso de refinamiento.
aparamoc@gmail.com

José Alfredo Páramo
El Economista

 
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