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Allegro Molto - Triunfo de José Areán

El cuarto programa de la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), realizado el sábado pasado ante un público que llenó la Sala Nezahualcóyotl, fue un triunfo más en la ya larga carrera concertística de Jorge Federico Osorio.
Al final de su interpretación del Concierto para piano y orquesta de Edvard Grieg, recibió la mayor ovación que este cronista haya escuchado a una de sus actuaciones.

Los instrumentistas, quienes suelen unirse al público con mesuradas demostraciones como la de dar golpecitos con los arcos sobre los atriles, en el caso de las cuerdas, ahora los dejaron a un lado para aplaudir en forma. Desde el fondo del proscenio, uno de los bronces dio un estentóreo bravo.

Con una nueva ovación premiaron público y músicos el encore, la Romanza de amor, de Manuel M. Ponce.

Pero un triunfo todavía mayor fue el de José Areán, director asociado de la OSM. Lejos de haber encontrado la "desangelada batuta" y la "mucha coreografía" atribuidas a él por un colega en relación con el concierto de la OSM en Bellas el 4 de julio, este cronista puede dar testimonio de una dirección sobria y convincente.

En la primera obra del programa, la Segunda suite para pequeña orquesta de Stravinsky, supo Areán exaltar el carácter lúdico de esta deliciosa música, aparentemente intrascendente pero digna del genio inmenso de su autor. Como quiera que haya sido, la verdadera muestra de su maestría en el podio la dio con la Tercera sinfonía, Eroica, de Beethoven.

Esta obra, tan frecuentemente interpretada en nuestras salas de concierto al grado de que corre el peligro de provocar hastío, recibió una dirección tan renovadora de su carácter dramático que hubo momentos en que el cronista sintió que estaba escuchándola por primera vez. Los pianísimos fueron un susurro; los fortes, estremecedores.

Si hubiera que destacar un momento de excelencia excepcional por parte de los instrumentistas, el cronista se quedaría con la intervención de los cornos que entran en imitaciones en un pasaje del tercer movimiento, Scherzo: allegro vivace.

El encore ofrecido marcó un contraste con la trepidante sinfonía acabada de escuchar: la pieza La última primavera, de Grieg, el compositor noruego dotado de una vena melódica que a veces recuerda la de Chaikovski.

Son encores de este tipo los que convencen, ya que ofrecer un fragmento de la última obra interpretada da por invariable resultado un anticlímax.

Hasta en la elección de esta pieza de regalo estuvo afortunado José Areán. En verdad, no "se ha desinflado esta joven promesa", como se leyó por ahí. Es más: este director tiene aún las manos colmadas de sorpresas.

José Alfredo Páramo
aparamo@gmail.com
El Economista

 
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