Lo que parecía un misterio, ahora
se manifiesta con claridad: la afinidad del arte sinfónico
de Shostakovich y el de Mahler...
Algunos admiradores de Gustav Mahler (1860-1911)
y Dmtri Shostakovich (1906-1975) nos hemos percatado finalmente
por qué la Cuarta sinfonía (1935-1936) es nuestra
consentida de las 15 compuestas por el gran músico soviético.
Lo que parecía un misterio, ahora se manifiesta con claridad:
la afinidad del arte sinfónico de Shostakovich y el de
Mahler, su antecesor, ha hecho que haya surgido la expresión
"mahleria", para definirla.
Surgieron estas reflexiones el sábado
pasado, al final del séptimo programa de la temporada de
la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), en la Sala
de Conciertos Nezahualcóyotl.
Carlos Miguel Prieto, su titular, había
dado una trepidante versión de esta sinfonía de
62 minutos de duración, dotada de una orquestación
gigantesca: seis flautas, dos flautines, tres fagotes, un contrafagot,
seis clarinetes, cuatro oboes, cuatro trompetas, dos tubas, nueve
cornos, así como numerosos instrumentos de percusión
y cuerda.
La Cuarta sinfonía representa un reto
para los instrumentistas, por lo que sólo resulta apta
para orquestas muy bien dotadas. Ahí tuvimos, por ejemplo,
el prolongado pasaje del primer movimiento en que los violines
tocan en forma frenética, lo cual requiere de un perfecto
dominio y de una condición física a toda prueba.
Uno de los ecos mahlerianos mejor logrados
fue el pasaje del tercer y último movimiento, en el que
parece escucharse un vals vienés antes de que el fagot
anuncie uno de los scherzos típicos de Shostakovich.
Más allá de esta afinidad, Shostakovich
es siempre él mismo, uno de los compositores más
originales y carismáticos del siglo XX.
En los últimos compases, la música
se disuelve lentamente en el silencio de la muerte. El público
se abstuvo felizmente de aplaudir de inmediato, pero habría
sido deseable que dejara pasar aun algunos segundos más.
Este público recibió alborozado
la obra de la mexicana Gabriela Ortiz (1964), en su estreno mundial:
Fronteras híbridas, encargo de la OSM, escrita también
para una orquesta de grandes proporciones.
En la parte intermedia, Jorge Federico Osorio
se llevó la ovación de la noche gracias a su interpretación
del Concierto número 23 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)
y del encore: Granada, de Isaac Albéniz (1860-1909).
Durante el intermedio, los comentarios musicales
se mezclaron con las opiniones sobre el momento político
de México. Entre ellos, el cronista recogió la expresión
de don Miguel Estrada Sámano, referida a las extraordinarias
dotes oratorias del Señor de los Plantones: "Demóstenes
López".
El Economista, José Alfredo Páramo,
Agosto de 2007