Morimos tantas veces...
In memoriam: Jorge Velazco
Director artístico de la Orquesta Sinfónica de Minería.
El sábado 9 de agosto, al asistir al
concierto de la Orquesta Sinfónica de Minería, las
entradas a la hermosa sala de conciertos Nezahualcóyotl,
en el Centro Cultural Universitario de la UNAM lucían sendos
crespones de luto.
Debido al trabajo intenso de la semana que
llegaba a su fin y que me mantuvo alejado de las noticias, no
tenía idea de a que pudiera deberse esa señal de
duelo y pregunté sobre quién había muerto
a las personas amables que recogen los boletos al ingresar al
recinto. Con un dejo de tristeza en su voz y rostro una de ellas
respondió: "falleció el maestro Jorge Velazco,
director de la orquesta --para añadir, después de
una breve pausa y en un suspiro- todavía dirigió
el concierto del domingo pasado. Con dolor y todo, se decidió
no suspender la temporada, y por cierto, el programa de hoy no
es el programado, sino uno hecho como homenaje póstumo".
La noticia fue impactante, una súbita
llamada de atención sobre nuestra temporalidad y la fragilidad
de la vida que nos puede dejar en un instante, cuando menos lo
esparemos, dejando nuestra agenda cargada de planes y pendientes
por hacer y por vivir que no podrán cristalizar jamás.
Ingresamos a la sala como a un templo, se respiraba una atmósfera
de respeto, diferente al cordial bullicio que habitualmente caracteriza
la media hora anterior a la tercera llamada. Algunos músicos
ensayaban sus partes, lograba distinguirse con claridad algún
pasaje de la sinfonía inconclusa de Schubert que una de
las flautistas repasaba con ahínco. Vimos el programa:
una selección de bellas obras acordes con la circunstancia
que puso en evidencia, además del conocimiento y gusto
musical, la estima de quien o quienes las escogieron para el maestro
fallecido que presidía simbólicamente a su orquesta,
al estar presente en una fotografía olocada en medio de
un gran lazo negro ubicado al centro de la sala.
Sonó la tercera llamada, y con ella
se hizo el silencio para que León Spierer, quien fungiría
como director dirigiera unas palabras al público, expresando
el respeto y el cariño de la orquesta por su líder
y fundador, quien se había adelantado en el viaje. Comentó
sobre su amistad personal con el maestro Velazco y del gusto particular
de éste por las obras que serían ejecutadas, al
término del breve pero emotivo discurso, el público
ofreció un cálido y cariñoso aplauso al músico
ido y a la orquesta herida que valientemente se quedaba a continuar
su bella labor.
Vino a mi mente la tragedia del Titanic y
de sus músicos, para quienes la única posibilidad
de vida verdadera fue la de vivir en la música, pues sólo
en ella encontraban coherencia y seguridad para sustraerse a la
fatalidad de la muerte inminente. De manera semejante, la Orquesta
Sinfónica de Minería encontró en la música
una forma generosa de liberarse de su dolor y de ser consolada
en su pérdida.
Por esta ocasión, la música
fue algo más que simples notas y armonías, los pasajes
y las voces adquirieron significados imprevistos, logrando un
poder intenso de expresión que repercutió en el
ánimo no sólo del público asistente, sino
de los mismos ejecutantes, cuando al iniciar el concierto, un
selecto grupo de cuerdas interpretó en primer lugar una
obra bellísima, profunda y conmovedora, "El Crisantemo"
de Giacomo Puccini (1858-1924), obra en la cual la música
quiso ser una voz de las almas.
Si consideramos a la música como una posible interpretación
de todo lo que sucede, como una huella necesaria para todo pensamiento
nuestro, el crisantemo es una flor de muertos y como flor, es
belleza y como muerte, es dolor. Es difícil imaginarse
que alguna persona de las presentes en la sala no hubiese derramado
al menos una lágrima por la emoción suscitada por
la entrega y la pasión puestas durante la ejecución
de este triste poema musical que acercó a los músicos
convirtiéndolos en hermanos, lo cual nos llama a evocar
el pensamiento de Robert Louis Stevenson, quien nos dice: "morimos
tantas veces como muere alguno de los nuestros".
A partir de ese momento, quienes tuvimos el privilegio de testificar
ese acto de amistad y entrega sin límites de los músicos
para con su director, miramos alrededor con ojos distintos, el
éxtasis musical fue una nueva forma de existir, un acto
común de nacimiento en el cual la música se convirtió
en un medio para explicarnos a nosotros mismos el interrogante
del propio yo y de las cosas que nos rodean. Observamos como en
la música, cada pensamiento y cada imagen pueden fijarse
hasta la eternidad y ser puestos a salvo, frente al olvido destructivo.
A la bella interpretación que el barítono
Patryk Wroblewski hizo del "Amico della patria" de la
ópera "Andrea Chenier" de Giordano, siguió
el conmovedor adagietto de la quinta sinfonía de Gustav
Mahler donde el amor y la pasión por la música hicieron
posible que los sentimientos del compositor adquiriesen una fuerza
grandiosa, un poder persuasivo y una capacidad de expresión
quizá insuperables.
Como una forma de decirnos que la música
debe continuar, se alternó al momento de pena sublime que
recién vivíamos, otro de una alegría irreproducible,
cuando nuevamente Patryk se hizo presente para cantar alegremente
el aria "Largo al factotum della citta" de la ópera
"El barbero de Sevilla" de Rossini. Después de
este elemento de contraste, se nos recordó que siempre
dejaremos a nuestra partida algo por terminar, como Schubert dejó
inacabada su octava sinfonía, de la que disfrutamos el
Andante en éxtasis.
Luego del intermedio, el siempre contrastante"Capricho
italiano" de Tchiaikovsky preparó nuestro ánimo
para el gran e inesperado final del homenaje: la sinfonía
"Los adioses" de Hyden con la cual su público
y su orquesta daban un hasta siempre al maestro Velazco. En esta
obra, el movimiento final se divide en dos partes contrastantes,
un presto seguido de un hermoso tema en adagio, a cuyo inicio
la sala queda en penumbras, iluminada apenas por la discreta luz
de unos pocos reflectores y de las lamparitas colocadas sobre
los atriles de los 45 músicos necesarios para interpretarla.
Conforme fluye la música, los músicos comienzan
a retirarse y apagan la luz de su atril, por lo cual poco a poco
la orquesta se torna más pequeña y la sala más
oscura, hasta que por último, sólo quedan dos violines
en un amistoso diálogo final. Acaba la música, y
normalmente, en ese momento queda sólo el director de orquesta
para recibir el aplauso agradecido del público; pero en
esta ocasión no hubo director para quedarse, la orquesta
huérfana, no regresó para agradecer la calidez de
los aplausos que poco a poco, como se va la vida, se perdieron
en esa noche triste y mágica. Que descanse en paz el Maestro
Jorge Velazco.
Dr. Jesús H. Del Río
Martínez
Universidad Anáhuac
jdelrio@anahuac.mx
El Financiero 22 agosto 2003